El debate sobre el lenguaje incluyente tiene cada año un par de capítulos, en diciembre del año pasado hubo uno que causó especial revuelo en los medios de comunicación por tratarse de una tutela interpuesta contra la alcaldía de Bogotá, a través de la cual se buscaba que la administración de la ciudad cambiara el nombre del plan de desarrollo “Bogotá mejor para todos” por el de “Bogotá mejor para todos y todas”.  Como era de esperarse, se dio la misma discusión de siempre, los patriarcas diciendo que el masculino/neutro incluye a varones y mujeres, que no había necesidad de nombrarlas o que la RAE sostiene que no es necesario, que la economía del lenguaje…en fin. Las feministas, por su parte, afirmando que el lenguaje crea realidades, que tiene capacidad de transformar los imaginarios, que hay que hablar de lenguaje y poder etc. Al respecto hay que señalar que, estos argumentos, los de las dos partes, son los mismos desde hace años, de hecho en estas discusiones no hay un elemento nuevo que dé pie a pensar que se han hecho análisis más profundos. De todo esto, me preocupa cierta repetición en los argumentos feministas, además, creo que hay discusiones en las que el feminismo se desgasta y que la verdad no conduce a nada importante y esta es una de ellas.

Sin embargo, este tipo de intercambios sirve para otros análisis, que personalmente me parecen más interesantes. Por ejemplo, la revisión de la conveniencia y del impacto de estrategias feministas como la del lenguaje incluyente. Para el feminismo institucional es una estrategia infaltable, una muestra de radicalidad, sin embargo a veces da la impresión que se hace porque es más barato y fácil ya que no choca con los temas “duros” del estado. Digamos que al feminismo institucional lo desvela transformar los imaginarios pero no transformar la vida material de las mujeres, porque mientras el lenguaje incluyente es un estandarte, temas como el modelo económico se manejan con tanto tacto y conservadurismo que el impacto es prácticamente nulo, esto lo menciono porque las transformaciones de la vida no suceden solo en el lenguaje, se necesitan cambios en las condiciones materiales de la vida de las mujeres para que tome forma la transformación desde lo simbólico. No estoy diciendo que una cosa va primero que la otra, digo que tienen que ser simultáneas. Mientras ello no ocurra, esto del lenguaje incluyente no será más que otra estrategia barata y light que tanto le gusta a cierto feminismo pop y neoliberal, que cree que avanzamos porque los varones digan los y las, pero lo cierto es que hay más de un funcionario que da respuestas misóginas usando lenguaje incluyente.

Se podría decir que esta no es ninguna novedad tratándose del discurso feminista institucional, que se ha enmohecido con las mismas estrategias desde hace 30 años, y con las mismas excusas, cuando se hace un balance sobre el impacto de estas al interior de los estados. Lo que, en cambio, me llama mucho la atención, es que en los espacios feministas radicales ésta también es una estrategia muy bien aceptada y de hecho, los usos del lenguaje incluyente pueden llegar a ser mucho más provocadores para los defensores de la pureza de la lengua, con palabras como cuerpa o munda y otro sinnúmero de expresiones feminizadas. Esta feminización de la lengua encontraría su explicación en la política de la diferencia sexual que está instalada en el corazón de estos feminismos y claro en la idea de que el lenguaje transforma, el lenguaje es poder. Ahora bien, en los últimos años, muchas de estas colectivas han comenzado a dar un giro hacía la crítica descolonial y anticolonial, pero sin desprenderse de la política de la diferencia sexual, y aquí es donde se vuelve problemático insistir en estrategias como la del lenguaje incluyente, ya que la política de la diferencia sexual se ancla en la matriz del sistema moderno colonial de género. Siguiendo a María Lugones, el sistema moderno colonial de género, que llegó a estos territorios con las empresas colonizadoras en 1492, organiza la vida social asignando a las diferencias corporales/genitales jerarquías, roles y espacios, siendo, de esta manera, determinante en la formación de las subjetividades masculinas y femeninas. Ahora bien, este sistema moderno colonial de género no es una cosa del pasado, como tampoco lo es la colonización de los cuerpos, es, en todo caso, un proceso de larga duración que ocurre todos los días y que se reactualiza a través de prácticas cotidianas como el lenguaje, que diariamente interpela y pone a las personas en la situación de tener que pensarse como varón o mujer. Pues bien, el lenguaje incluyente hace esto, bajo el prisma descolonial, deshabilita cualquier posibilidad de comprender nuestro cuerpo y deseo más allá de la mirada occidental y capitalista, en este punto es bueno recordar que la norma de género necesita de la reiteración, de la repetición, y eso hace el lenguaje incluyente. De hecho, cuando estas estrategias llegan a comunidades indígenas o negras donde quedan vestigios de otras prácticas alrededor de la diferencia entre “varones” y “mujeres” lo que hacen es terminar de instalar el mandato de género occidental.

Por otra parte, llama la atención la unanimidad que hay alrededor del tema tanto en el feminismo institucional como en el radical,  sobre todo, porque el segundo siempre ha mirado con sospecha el activismo y la agenda del primero, por su cercanía con el estado y las ongs. Sin embargo, en este caso, han creado un frente común con el tema del lenguaje, en una avanzada que significa la instalación de la norma de género, en todos los aspectos de la vida. Es que el lenguaje incluyente se articula con otras, de las muchas, formas y prácticas de generización que hay en la vida cotidiana, de esta manera van a confluir, ahora sí, la materialidad del género con el orden simbólico, en lo que sería un verdadero ejercicio de lenguaje y poder.

Es una estrategia bastante paradójica la del uso del lenguaje incluyente porque es más poderosa como reactualización de la norma de género occidental que produce varones y mujeres  que como vehículo transformador de la vida de las mujeres. Entonces, la pregunta que ronda es ¿no hay nada que hacer con el lenguaje?, en realidad, es obvio que, hay que seguir insistiendo en la transformación del lenguaje, pero la respuesta no tendría que ser necesariamente la feminización de las palabras, las palabras no solo tienen un significado con carga sexo genérica también lo tienen en el orden económico y racial, si la intervención lingüística no busca alterar estas dimensiones del lenguaje, este ejercicio de transformación no será más que una anécdota o la lengua de las feministas, o como tristemente lo entiende mucha gente, lo mismo pero en femenino (y lo peor es que tal vez tengan razón). Hay que pensar, continuar, con la producción de nuevos conceptos, nuevas ideas, que se puedan superponer a los ya conocidos a esos que explican el mundo en clave patriarcal, racista y clasista, parece difícil pero hay que intentar producir esas nuevas palabras que comprendan y den cuenta  de la realidad por la que apuesta el feminismo.

Lisa

Carrito